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EL BOLILLO
Samuel Schmidt
Estaba mi madre esperando en la acera del aeropuerto de Austin acompañada por una empleada hispana que conducía su silla de ruedas cuando llegamos mi nieto y yo.
El nieto es rubio de ojos azules y muy “blanco”, después de un rato en que escuchó que hablábamos en español, la joven no se aguantó y preguntó:
- ¿Ustedes de dónde son?
- De México.
- De México, México.
- Sí.
- Es que son tan blancos. El niño hasta parece bolillo.
Bolillo quiere decir gringo y me imagino que debí haberme sentido bien que solamente parece pero no lo es, aunque quedaba muy clara la noción discriminatoria en contra de los “güeros”.
En la mente de la muchacha no cabe pensar que en México hay gente de piel clara, o sea que para ser un “verdadero” mexicano hay que ser moreno. Entre los verdaderos no caben los conquistadores (viejos y nuevos), o sea aquellos que han llegado al país y han triunfado. A ellos los llamaba los nuevos criollos Molina Enríquez, todos son usurpadores y han hundido a los auténticos mexicanos que hoy levantan la voz como víctimas.
Cuando mi esposa trabajaba de supervisora en una clínica de salud mental en El Paso, aunque es de tez blanca y ojos verdes, sus compañeras hispanas le reclamaban por haberse casado con un gringo. Schmidt debía ser por fuerza un apellido “gringo” y ella había traicionado a la raza, lo correcto hubiera sido casarse con un Fernández.
Ni la joven de Austin ni las mujeres paseñas son únicas, en México con mucha frecuencia me enfrento a la imprudencia de quien me pregunta de dónde es mi apellido, como si tuvieran el derecho a hurgar en mi vida.
En mi ensayo sobre el chiste político, tratando de explicar al mexicano me detuve en el hecho que alguien con un apellido de origen judeo-español (Ramírez, Sánchez, López, o cualquiera terminado en Z) me diga que Schmidt no es mexicano. Si mexicano se refiere a autóctono, los únicos que la libran son algunos pobladores de Tlaxcala y Yucatán, en el resto del país dominan los apelativos “extranjeros”. ¿Cuándo se convierte en mexicano un apellido? ¿Calderón es más mexicano que Carstens o Tlapale, o que Bours y Karam? Esto por mencionar sólo algunos de los apellidos que dominan la política mexicana.
Schmidt quiere decir herrero, es un apellido judío del siglo XVIII y se relaciona con la industria de la cerveza. Mi familia salió expulsada de Polonia por el holocausto, pero el apellido se popularizó en Alemania, lo que generó la falsa impresión de que es un apellido alemán. Para el mexicano promedio, o es gringo o simplemente extranjero, mientras que Herrero no es ni náhuatl, ni zapoteca, ni maya.
Cuando los polacos instituyeron los apellidos vendían los buenos apellidos, como los que reflejan un oficio o el lugar de origen, así que alguien en la familia tuvo los recursos para conseguir un apelativo “bueno” de un funcionario polaco corrupto.
El mexicano “promedio” –en México y Estados Unidos- no conoce esta historia y no es cuestión que uno se ponga a relatársela a cualquiera cuyo espíritu xenófobo le hace ver al otro con desprecio y odio. Cuando se enfrentan directamente con los bolillos, los gachupines o los extranjeros lo hacen con envidia por lo que tienen éstos y que no necesariamente lo lograron “arrancándoselo” a los verdaderos mexicanos.
El mexicano tiende a culpar a los españoles de todos sus males y desventuras. Hasta los teóricos tienden a culpar a los factores exógenos de los atrasos locales, como si uno pudiera evadir la responsabilidad propia culpando a las circunstancias de afuera. Históricamente queda la duda sobre el hecho que miles de soldados indígenas fueran derrotados por decenas de soldados extranjeros, o que las alianzas en contra del despotismo ayudaran a derrumbar imperios sin que el aliado ganara nada. Es la historia de los tlaxcaltecas y las torpezas de Fox, quien de extranjero solamente llevaba el color de la piel y el apellido, porque es igual de mentiroso que cualquier mexicano (Paz dixit).
Mucho se habla de discriminación revertida, aquella que los discriminados aplican en contra de sus “opresores”. Y eso es lo que encontramos el bolillo, mi esposa y yo cada vez que un impertinente me dice que no pertenezco al lugar donde nací y donde he comprometido mis mejores esfuerzos.
Pero tal vez sea pecar de optimista pensar que el mexicano deje de fijarse en el color de la piel para ver lo que hay dentro del ser humano. Eso reclama una madurez que al parecer está lejana de las percepciones que irónicamente se consideran políticamente correctas.
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