cabeza
Google

portada66s

barraploata

culturalogo

 

onglogo

 

pltk

barraploata

buzon150

barraploata

chisteslogo

barraploata

tapind

barraploata

aguind

barraploata

tejind

barraploata

rizind

barraploata

vigind

barraploata

mazaind

barraploata

schind

barraploata

parind

barraploata

sieind

barraploata

aliind

barraploata

SAN PEDRO AMURALLADO*
Claudio Tapia

El hombre, el animal político, se desarrolla y crece en su hábitat. El ambiente natural específico de los seres humanos es la sociedad. En ella convivimos con semejantes que nos enseñan y ayudan. Es en ella donde el ciudadano, en ejercicio de su libertad individual, hace política.
 No hay comunidades libres sin ejercicio deliberado y públicamente asumido de la política. No existen sociedades abiertas sin el debate de ideas políticas que se pueden aceptar o rechazar. Sin libertad para discutir no hay sociedad de ciudadanos, no hay humanos haciendo política.
En El Valor de Elegir, F. Savater, nos dice que nacemos involuntariamente sometidos a un orden sociocultural que nos preexiste, resultado de avances, retrocesos, estancamientos y reformas acumuladas durante siglos y que, cuando nos percatamos de esa situación, en ejercicio de nuestra libertad, podemos pasivamente someternos a ese estilo de vida, intentando acomodarnos lo mejor posible a las circunstancias y sacar el mejor provecho personal de lo establecido, tratando, en la medida de lo  posible, de evitar los males más apremiantes. Blindarse, como lo propone el que aspira a gobernar a un San Pedro cool, cae dentro de esa lógica.  
Pero también, nos dice el autor, podemos elegir reformar lo establecido, cambiar el legado involuntario, para convertirlo en algo mayoritariamente voluntario, induciendo cambios legales e institucionales para que la mayoría de los afectados pueda aceptar y no sólo padecer la insatisfactoria vida en una injusta sociedad heredada.
En ambos casos se está participando en la configuración política de la sociedad: en el primero al modo conservador, tendiendo a consolidar lo que nos favorece de lo establecido; en el segundo, de manera transformadora, progresista y a veces hasta revolucionaria.
Para lograr este cambio emancipador de lo involuntariamente padecido a lo voluntariamente asumido, es necesario el rompimiento del destino que cada persona adquiere al nacer. Se necesita garantizar, primero que nada, los derechos que permitan a todos elegir y participar igualitariamente en la pluralidad de opciones para el futuro individual y social. Se requiere propiciar la integración social de todos, basada en la igualdad de derechos, la justicia  y la libertad.
Pero, para eso, debemos empezar por erradicar las dos principales lacras que impiden alcanzar la democracia, obstáculos que inhiben la libre participación de todos: la miseria y la ignorancia.
Empecemos por describir la segunda. J. K. Galbraith, afirma que <<Todas las democracias contemporáneas  viven bajo el permanente temor a la influencia de los ignorantes>>. Es a ese temor y a la manera de prevenirlo a lo que se dirige la indispensable educación cívica.
 Aunque sin  educación, en su sentido amplio, es imposible imaginar una formación humana plena, es la preparación cívica la que permite vivir con los demás participando en la gestión de los asuntos públicos con capacidad para distinguir entre  lo justo y lo injusto, lo aspirado y lo indeseado. La ignorancia a la que hay que temer, no es la falta de conocimiento científico o de disciplinas concretas sino a algo más básico que tiene que ver con el funcionamiento de la libertad para elegir el destino social: la democracia.
La falta de educación cívica impide expresar demandas sociales y el poder analizar y evaluar los argumentos ajenos. La carencia de un mínimo sentido de los derechos y obligaciones que exige la vida en sociedad convierte a los individuos en víctimas del acarreo clientelar, de promesas demagógicas y, lo más importante, los hace oponerse a cualquier cambio que demande un mínimo de sacrificio con miras a un futuro mejor.
 Por eso F. Savater complementa la ominosa advertencia sobre la ignorancia diciendo:<<El auténtico problema de la democracia no consiste en el habitual enfrentamiento entre una mayoría silenciosa y una minoría reivindicativa o locuaz, sino en el predominio general de la marea de la ignorancia>>. El problema se complica aún más, cuando se tiene que vencer la resistencia acívica de una comunidad arrogante que no sabe que no sabe vivir en sociedad. Por eso se quiere blindar.

Veamos ahora la miseria. Afirmar el derecho a la libertad y a la igualdad, sostener que la justicia y la ley para todos están en la base de la democracia, en un país en el que la aplicación de justicia está en su mínimo, conlleva una profunda contradicción, por decir lo menos.
 Cuando la igualdad de oportunidades ya ni siquiera figura en el discurso político de los que gobiernan o aspiran a hacerlo y sólo se intenta atenuar los efectos nocivos de la pobreza excluyente, sin atreverse a afectar los intereses hegemónicos de los que concentran el poder económico, político y social, es necesario asegurarla de manera más efectiva. <<Cuando sólo unos cuantos merecen ser llamados personas, ¿qué interés moral –qué personalidad moral –se les puede exigir a los demás, a los que no viven como personas?>>. Afirma V. Camps.
 La miseria priva a quienes la sufren de la posibilidad que tienen otras personas de hacer algo valioso de sus vidas, constituye el mal último de una distribución de recursos tremendamente desigual. 
Increíblemente, poco o nada se hace para acabar con los que si son nuestros verdaderos enemigos. No obstante, por negro que se vea el panorama, debemos mantener la esperanza de que, algún día, los mexicanos seremos capaces de erradicar esas dos lacras sociales. Ya no  queda mucho tiempo.
          Tomarse en serio la dimensión colectiva de nuestra libertad individual en vez de aislarnos, ver a la sociedad como algo más que el decorado de nuestra vida, ser protagonistas de nuestro destino y no sólo comparsas, da sentido pleno a nuestra existencia en sociedad. Vivir entre seres libres, no fatalmente resignados ni enajenadamente desesperados, es el enriquecimiento de nuestra condición social y es también requisito indispensable para la seguridad y la paz social.
Aumentar los beneficios que cada uno obtiene de las instituciones y leyes reduciendo la desigualdad y una de sus consecuencias: la miseria que excluye, garantiza la seguridad colectiva e individual.
Termina diciendo el filósofo Vasco: <<Cuando mayor es el equilibrio de una comunidad, su justicia, el reconocimiento que concede a las demandas razonables de sus miembros y a la diversidad de sus proyectos, más seguro resulta vivir en ella… No  pueden seguir viviendo existencias tribales, ni tratando de crear islotes de prosperidad amurallada en un océano de desdicha y abandono>>. 
Por eso, me temo que blindar al San Pedro cool, amurallar a la tribu, no es la solución a la inseguridad. Menos aún sirve para formar ciudadanos capaces de vivir en sociedad.
         
                 
* La propanga del candidato Mauricio Fernández para la alcaldía dice: “Hay que blindar San Pedro” y “Por un San Pedro cool”.

claudiotapia@prodigy.net.mx  

¿Desea dar su opinión?

Su nombre :
Su correo electrónico :
Sus comentarios :

 

 

 

 

 

ccivil2

15h2

qh2

1
2