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EL VOTO Y EL TACHE
José Luis Tejeda
Un fantasma recorre México, el fantasma del abstencionismo. Todos los partidos políticos, los actores y fuerzas sociales y políticas, las instituciones nacionales y los poderes fácticos se han puesto de pie para llamar a votar por una de las opciones partidistas existentes. Desde los jerarcas de la iglesia católica hasta los reductos de la izquierda realmente existente, han elevado el grito al cielo contra los abstencionistas y los que han rechazado el proceso electoral del 2009. Y es que ahora más que abstencionismo se trata de una tendencia creciente hacia el anulacionismo electoral. Lo cual hace que se agraven las tendencias de rechazo a las opciones partidistas existentes, a la clase política y al sistema político mexicano.
Es evidente que el abstencionismo siempre ha existido y se da tanto en democracias frágiles e incipientes como la mexicana, que en regímenes democráticos consolidados. Dichas democracias funcionan con una dosis tolerable de abstencionistas, que se ven neutralizados y contrarrestados por otras franjas de votantes activos que al manifestar su adhesión a tal o cual candidato o partido, avalan las reglas del juego y el mecanismo político en su conjunto. Si fuiste a votar y perdiste estás obligado a someterte al juicio mayoritario de las urnas. Si has ido a votar y ganaste, con más razón debes apoyar y adherirte a la corriente mayoritaria y a la opción de gobierno en turno. El abstencionismo en tanto es una muestra de apatía, indiferencia y desencanto con los procesos políticos y electorales, que lo mismo permite que las opciones políticas gobiernen, decidan y resuelvan sin alguien enfrente y sin oposición, que expresa muestras crecientes de extrañamiento y enajenación hacia el poder público. Lo cual desemboca en democracias cada vez más minoritarias, restrictivas y vacías, que por esa vía van dejando de serlo. De ahí que siempre hayan existido grupos de abstencionistas activos, que llamaban abiertamente a no votar o ni siquiera ir a las urnas porque se le consideraba inviable o porque no había confianza en el proceso y en los resultados del mismo. Los grupos antisistémicos y extremistas de la derecha y la izquierda han sido los grupos que por naturaleza ideológica y política tienden a desconfiar y rechazar los métodos y los procedimientos democráticos, cerrando una pinza que amenaza la sobrevivencia de las democracias modernas.
Lo nuevo del asunto en México es que los abstencionistas naturales se ven igualados y superados por miles y miles de anulacionistas de ocasión y desafectos con el sistema político mexicano, que cimbran la estructura misma del poder en México. Si esta fuerza de los “sin partido”, de los anulacionistas se volviera creciente y alcanzara proporciones mayoritarias estaría en juego el futuro del sistema político mexicano y de su clase política. Si el número de abstencionistas y anulacionistas fuera superior al de los que están jugando a representar a todos los demás, queda en predicamento el fenómeno de la representación tal como lo hemos conocido. De ahí que los partidos registrados grandes y pequeños, hagan llamados crecientes a que se mantenga la fidelidad a los actores y las fuerzas políticas reglamentarias. La lógica tradicional era de mercados electorales cautivos y de premios y castigos entre los actores y fuerzas políticas registradas. Si el PRI siempre ganaba, votabas por el PAN para dejar testimonio de la oposición. Si el PRI fallaba, se formaba el PRD y te ibas con los del sol azteca. Si se había llegado al hartazgo del PRI, había que votar por el menos malo para que ganara el PAN. Si los azules en el poder hacían lo mismo que el PRI o resultaban peores que éste te regresabas al PRI o dabas el salto al PRD. Si éste nos recordaba un día si y otro también que viene del PRI y que no oculta sus simpatías por las dictaduras de izquierda, volvíamos la vista hacia los partidos pequeños. Y si la chiquillada, resultaba con todas las mañas de los partidos grandes y sin sus masas, pues la cosa era que apoyábamos a partidos de vividores. En suma, el juego de los partidos se iría acabando. Así hasta llegar al suicidio político colectivo más anunciado en el 2012: el regreso del PRI a la presidencia de la república, la restauración de un autoritarismo con tintes mafiosos y la destrucción de la democracia.
Cómo llegamos a esta situación? Cómo es posible que el derecho al voto, que tanto nos ha costado a los mexicanos, lo veamos como una nulidad aún antes de emitirlo? Quiénes sabemos que el voto ciudadano no ha sido una concesión graciosa del poder, entendemos el potencial que tiene y cómo se ha convertido en una de las pocas herramientas de los ciudadanos para incidir en la situación nacional. El caso es que ahora no hay por quién votar. Si miles de ciudadanos han decidido dar un tache a los partidos políticos, a la clase política y al estado que guarda el sistema político actual, es porque se han ido cerrando las opciones. En principio, el abstencionismo y el anulacionismo obedecen a causas diferentes y cada uno de los electores ejerce el derecho ciudadano a tachar a todos los partidos, a votar en blanco o simple y llanamente a no acudir a las urnas, con motivaciones distintas. En algunos países se considera como obligatoria la asistencia a las urnas. Como el voto es secreto el derecho a la anulación se mantiene aún estos casos. En México, se ha considerado el abstencionismo como un acto desleal y poco cívico. A últimas fechas, y en aras de fortalecer el régimen democrático incipiente se convocaba a las urnas y se promovía la participación electoral. El llamamiento al voto nulo o en blanco, modifica los parámetros del juego político y electoral, porque se trata en muchos de los casos de grupos democráticos inconformes con las insuficiencias y carencias del sistema político o que están sumamente molestos con las acciones, las decisiones y el comportamiento de los partidos políticos y sus grupos dirigentes. Y no hay para donde hacerse. La última mal llamada reforma electoral aprisionó a los ciudadanos a optar y escoger entre propuestas gastadas, sin margen para generar nuevas alternativas políticas o para expresarse más allá de unos canales restrictivos. Así que el voto nulo o en blanco es un llamado de atención para profundizar en los cambios democráticos en el país y no para debilitar un régimen democrático, que de por sí se ha quedado corto ante los requerimientos nacionales y se duda que hayamos traspasado el umbral de ser una democracia plena.
Si revisamos lo que sería la franja de abstencionistas y anulacionistas que están inconformes con el estado del sistema político mexicano entenderíamos lo que ocurre. El cambio democrático se ha ido frustrando y la apropiación del mismo por camarillas adueñadas de los partidos políticos han cerrado las opciones. Se viene de un proceso democrático tortuoso en que se alcanzó la neutralización de las autoridades electorales, el sufragio efectivo y la alternancia partidista, en lo que se consideran como avances indudables en materia electoral. Y sin embargo, el viejo régimen y la subcultura del priísmo se han reproducido en todas las expresiones partidistas, quedando una sensación de continuidad, de que todos se han vuelto iguales y que se acaba con la sustancia de los cambios y las transformaciones de fondo. Queda una estructura de poder duro, que sólo se ha recompuesto y que convierte la vida democrática en una ficción. El simple hecho de que la reforma del Estado la encabece uno de los jefes de la vieja policía política priísta nos habla de los alcances del cambio democrático en México. El hecho de que la delincuencia organizada haya penetrado desde estructuras familiares hasta la policía y los militares, pasando por los partidos políticos, nos indica hasta donde nuestra democracia está secuestrada por poderes fácticos y extralegales que hacen y deshacen a su antojo. Si reparamos en el hecho de que la impunidad permea en todos los niveles de la vida nacional y que nos están habituando a vivir en la injusticia y en la impudicia, con exoneraciones a expresidentes responsables de crímenes deleznables y con gobernadores impresentables que se mantienen a sus anchas más allá de lo que diga la opinión pública, nos daremos cuenta de que los avances son mínimos. Si tomamos en cuenta que hay zonas del país militarizadas en que tendríamos que buscar con una lupa los ciudadanos libres que sobreviven al desastre, habría que ver si sirve de algo ir a votar por una opción política, mientras las partes duras del viejo sistema político mexicano sólo se han recompuesto y amenazan con restablecer la normalidad autoritaria en el país con el retorno del PRI a los Pinos. Los grupos duros del viejo sistema político mexicano se han propuesto desgastar el proyecto democrático, hacer que nos desencantemos del mismo y pidamos a gritos por el regreso de los corruptos que si sabían gobernar, que nos acostumbremos aceptar la impunidad como un mecanismo normal del sistema político mexicano y nos sometamos a los poderes fácticos realmente existentes que en realidad controlan el país y sus regiones. En ese mismo tenor, se entienden las apuestas cínicas y descaradas que hablan de los arreglos con la delincuencia organizada como si fuera algo inevitable e ineludible, en lo que significa la renuncia de un país al ejercicio de la justicia y la aplicación de la ley.
Finalmente, el voto anulado sirve de algo? Es evidente que para fines prácticos sólo llega a incidir sobre los porcentajes de votación que se asignan a los partidos políticos, lo cual tiene un efecto más simbólico que otra cosa. Así que la repercusión se da en lo simbólico y en los márgenes de legitimidad de los partidos políticos y de los representantes populares. Por supuesto que les afecta y les importa si porciones significativas manifiestan su extrañamiento ante los procesos políticos y electorales. En la medida en que es un fenómeno difuso, se pierde su eficacia y resultan inútiles los intentos por asumir una “representación” del voto nulo o de los “sin partido”, como se ha pretendido hacer con expresiones políticas que quieren medrar con el fenómeno. Aun más absurdo resulta querer resolver la crisis de la representación, con un reforzamiento de la misma, a través de figuras no precisamente democráticas como la reelección. Resulta que a la clase política que se quiere castigar con el voto nulo, se le premia con la reelección, lo cual es una incongruencia ¿No es la reelección una de las causas por las que se acusa al chavismo de ser antidemocrático? Es neoporfirista asegurar que no hay problema si un diputado se perpetúa en el poder durante 40 años, siempre y cuando el pueblo se lo demande. ¿Este mismo argumento se puede utilizar para gobernadores o presidentes de la república? ¿No es una herramienta para cerrar la movilidad política, de por sí obstruida en el país? Lo que resulta obvio, es que desde el momento en que se quiere capitalizar el voto abstencionista o nulo, se gesta un nuevo movimiento o partido político, que implica la articulación de intereses públicos y se pretende reconectar a los inconformes y los indecisos con los procesos políticos y electorales. Todo esto será motivo de polémica y controversia en los meses y años por venir. Lo que es un hecho es que el voto nulo ha entrado en acción y se manifiesta con más fuerza en el 2009 y hay que ver si se convierte en un fenómeno creciente o se logra reconectar con los procesos políticos legales e institucionales con vistas a las elecciones estatales o con el anunciado plebiscito del 2012: aceptaremos los mexicanos volver al yugo priísta del pasado y si eso no es así, que tipo de horizonte político construiremos en común. Será posible revertir el desencanto del 2009 en una renovación democrática hacia el 2012. Si eso es así, se va a dar más allá de los partidos políticos actuales y del juego político restrictivo que nos han impuesto.
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